(vía justtt-invisible)
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Se dice por ahí que “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca sucedió”.
— 28022013. Mastro.

Las noches nacieron para disfrutar, hermano. Agradezco la confianza confidencial, las dos puntas de esta mesa redonda de constelaciones y aclaro antes de comenzar que nunca saldré de la eterna historia de amor y ternura que explico mejor mes a mes. Si no estás dispuesto a fábulas eróticas, bajá las luces del velador porque los protagonistas son dos animales muy apasionados. Sólo un velero en alta mar podría interrumpirme. Me he tomado el atrevimiento de fotografiarte junto a tu incondicional instrumento. Echale arena al fogón y fumá esta anécdota inalcanzable. Expandí tus oídos, incorporá la dueña de la belleza aceptando su hermosura. Las estrellas son testigos de nuestra comodidad. La brisa y el escaso pasto en los médanos van a ceder el toque que esperaba para que tu imaginación fluya en abundancia. La vida relatará, dejarla ser depende de las cuerdas de una guitarra. Tu guitarra, querido amigo.
Allí voy, allí estábamos. “Nos conocíamos desde la primaria donde la amistad nos había flechado en la primera broma, y no dudó en acompañarme en una aventura tornada amorosa. Esa noche pasó por casa en el coche, no podría olvidar su cabello peinado al viento. A partir de ese momento manejé hasta el hotel. Con varias paradas gasolineras nos negamos a meter bocado alguno, las ganas de arribar nos consumían más que el hambre. El sur, una buena oportunidad para la república de aquel entonces. El hotel, enorme como esta playa pero sumamente acogedor. En el hall exprimimos calorías a dos cafés y unos típicos chocolates en rama. Percibía la seducción de sus labios espumosos en cada sorbo.
La habitación de entrepiso, enfrentada a la presidencial. Mi humilde acompañante provenía de una dichosa familia poco numerosa y nuestras almas tan gemelas encajaban como piezas de rompecabezas. Una vista inigualable donde el lago admiraba nuestras miradas y nosotros, necios, contemplábamos en los reflejos envidriados siluetas de dos cuerpos a punto de desverstirse. Mi calefacción era la sangre que corría bajo su tez blanca y fina como la pureza de los inocentes. Aislamiento insólito necesario y frazadas ideales, la vida nos regalaba combinaciones perfectas de a ratos. Envolvernos hasta el crujir de los huesos, abrazarnos con la fortaleza de la juventud, encerramos solitarios. Nos acumulamos transformando las células en sueños, nos unimos en la misma fantasía besando cada átomo. Recuerdos, mentiras, falsedades, pasiones ocultas, fatiga… Tormentas pasajeras de gargantas dispuestas a rasparse juntas. Somos uno. Gemidos, orgasmos, desesperante encendiendo su corazón. Olvidé mencionar, si bien sabía rico y el olor a café es especial e inconfundible, lo único que registro son las rayas en la mesa y su sonrisa sumamente particular.
El amor nos sorprendió. Nos liberamos como soplando el cenicero que no se limpia hace años, lamiendo miel del enjambre escondido en cajones de un escritorio antiguo. Dejo en claro que el escritorio se ofreció por sí mismo escabulléndose debajo para que hagamos el amor quemando portarretratos y clavándonos en las costillas bolígrafos de tinta negra gastada en líneas ajenas, lejanas. Recuerdo con humor la forma desenfrenada en la cual arrastramos nuestra humanidad rozando la nunca contra el angosto marco de la puerta vieja de roble para evitar que viera el ridículo sillón que desentonaba la sala. Páginas ilegítimas de una biblia argenta, la oscuridad pide a gritos que muerda la manzana. El Diablo movía la cola como nunca. Veteranos en ciertas ocasiones e inexpertos al caso. Mordimos la fruta de un deseo pesado como plomo pero con un aroma más indefenso que el daño de las biromes. Un devastador social para egresados del setenta y ocho que ni los bohemios se animarían a retratar. Imaginábamos era la primera vez. Vuelan millones de abejas, ¡alma mía! Se posan en las vértebras y envenenadas de virginidad dilatan cada músculo. Insistente recordando el café pero esta vez con mucho más placer.
Empapados. Empapados en felicidad saboreamos cada fuego. Cuanto más se quejaba la cama añeja, más unidos y alejados de la realidad. Salvajes, dementes, ambiciosos. La debilidad es cosa de lágrimas pero esa noche… Esa noche se encontraba disimulada entre tanta locura. Ambos sentimos el Sol naciente desde el diafragma agitado aunque aguantamos ciegos, caprichosos, suplicando más. El vecino podría haber notado las venas en mi cráneo o su cuello pero ese día no hubo terceros. Solos, jugando a una ruleta rusa de arco y flecha que pretendía saciar nuestra sed interminable. “Hasta mañana. Mañana alguien despertará sin olvidar esta eterna madrugada”; transmitimos con las miradas en ese silencio único. El viaje había sido agotador. Sus caricias, mimos, efectivos masajes vulgares de dedos flacos y uñas carcomidas fueron entornando mis pupilas mientras entre sueño intuía que mi masajista temporal se preguntaba qué había tenido de especial el café para desencadenar tanta pasión y liberar aquellos sentimientos hasta entonces ocultos en amistad.
Amanecimos, bestias, ayer. Las agujas salidas de moda del reloj de su muñeca dieron miles de vueltas y no desperdiciamos ni una. Las pieles más arrugadas, las almohadas dejaron de ser de plumas. El tiempo nos asusta cuando recordamos años de lujuria pero no dejamos de darle cuerda a aquella máquina. Olas arrebatan nuestras sombras, gravedad inexistente sobre un mar de instantes. Su propuesta para aquella tarde había sido continuar sin plan alguno y así funcionamos por siempre. Cariño, teorías ciertas, números, lenguajes extraños. Ansias de volar, pesa la cruz. Fotografías, memorias, demonios penetraron como espinas en su vientre, ¡otra vez! Logré comprender cuánto le gusta sentir mi lengua detrás de la oreja, cosquillas al morder sus pies, cómo me encanta explorar mientras sus piernas me abrazan. Cautivos de una cosecha carnosa exagerada, ya no había escapatoria. Girasoles infinitos al costado de la ruta, llovían jazmines desde las nubes. Desde aquel inolvidable encuentro no hacemos otra cosa que viajar y, al despertar, los ojos parpadeantes anuncian sábanas blancas insistentes en volver a ensuciarse Sí, incluso a esta edad. Ahora concientes, más viejos y sabios, sorprendidos, enamorados. Más convencidos aún que no era café lo que contenían esos jarros tan lejanos en el tiempo.
Una vez más las mariposas abren sus alas dentro del estómago, divinas alas filosas, cortantes, más efectivas que el propio suicidio. Desnudos bajamos y subimos incansablemente las escaleras de nuestro hogar compartido, si no estamos de viaje. Las canas logran seducirnos, ¿quién lo diría? A la tarde nos espera la mesa de te mientras me ocupo de avivar el fuego de la chimenea. El resto es risas, alguna que otra pelea, bocas dispuestas, miradas tiernas que no se arrepienten de aquella decisión de huir a las costas del país hace veinte irrepetibles inviernos”.
Esa es mi anécdota, viejo compañero. La anécdota de mi vida o al menos mi humilde perspectiva. Lamento que no tengas una mejor para contarme y que aún no entiendas qué fue lo que mezclé en tu café.

Mastro.
— 27022013. Mastro.
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— 26022013. Mastro.